| Vicente
Huidobro (1893
-1948)

Nacido
en el seno de una familia de acusada tradición literaria
-su madre eraescritora-, pronto mostró el joven Vicente
una notable inclinación hacia lacreación poética,
plasmada cuando sólo tenía doce años
de edad en lasprimeras composiciones que dio a conocer.
Este talante creador, estrechamente ligado a su espíritu
iconoclasta, le llevó a rechazar, en un manifiesto
que hizo público cuando aún era adolescente,
cualquier forma de poesía anterior.
Decidido
a abrirse camino en el mundo de las Letras, rechazó
también la reducida atmósfera literaria chilena
para trasladarse a París en 1916, donde participó
en todos los movimientos vanguardistas que por aquellos
años florecían, y vertiginosamente se agostaban,
en la capital francesa; allí pudo empezar a publicar
sus primeras colaboraciones en algunas revistas tan significativas
como Sic y Nord-Sud, y entablar relaciones con las principales
cabezas de la Vanguardia europea, como los surrealistas
Guillaume Apollinaire y Pierre Reverdy, con quienes colaboró
en la fundación de una de las publicaciones recién
citadas (Nord-Sud). Sin embargo, y a pesar de esta estrecha
colaboración en los comienzos de su andadura literaria,
Vicente Huidobro pronto se distanció voluntariamente
de los postulados surrealistas, ya que en su particular
concepción de la creación artística
no cabía la máxima de que el artista era un
mero instrumento revelador de los dictados de su inconsciente.
Esta
ruptura con el surrealismo le animó a plantearse
la validez de todas las corrientes vanguardistas que había
conocido de primera mano. Así, rechazó también
las propuestas del futurismo, pues tenía el convencimiento
de que el fervor manifestado hacia la máquina se
apagaría en cuanto el hombre su hubiera acostumbrado
a los adelantos del progreso técnico. El sucesivo
rechazo de todos los postulados estéticos de la Vanguardia
llevó a Vicente Huidobro a crear su propia corriente,
bautizada como Creacionismo, en la que situaba al creador
artístico a la altura de un demiurgo capaz de insuflar
a su creación un aliento vital tan poderoso que se
podría medir, incluso, con las creaciones de la propia
Naturaleza.
Así,
para Huidobro y el resto de los creacionistas que inmediatamente
cerraron filas en torno a estas propuestas tan originales
como transgresoras, el artista no debía limitarse
a reflejar la Naturaleza, sino que debía mantener
con ella una especie de competición en la que podía
mostrar el vitalismo de su propia obra. Lógicamente,
esta concepción del arte en general (y, en el caso
del propio Huidobro, del hecho literario en particular)
llevaba aparejada la necesidad de crear nuevas imágenes,
tan coloristas como animadas e sorprendentes, e incluso,
un novedoso lenguaje poético capaz de romper con
todos los niveles de la lengua y generar también
su propia sintaxis; de ahí que la yuxtaposición
(de oraciones, vocablos o sonidos extrañamente puestos
en contacto) se convirtiera en una de las características
más acusadas del Creacionismo, al tiempo que las
largas secuencias y enumeraciones de palabras y sintagmas
contribuyeran decisivamente a dar al poema esa apariencia
de objeto aleatorio, mera creación de un dios absorto
en las posibilidades estéticas del material con que
moldea su obra.
Con
estos presupuestos estéticos, Vicente Huidobro se
presentó en Madrid en 1918, donde fundó un
destacado grupo de poetas creacionistas consagrados a la
elaboración de textos que seguían fielmente
los postulados del ya respetado maestro chileno. Por aquel
entonces ya era un poeta fecundo, que arrastraba tras sí
una interesante producción literaria: seis poemarios
impresos en su país natal (Ecos del alma, La gruta
del silencio, Canciones en la noche, Pasando y pasando,
Las pagodas ocultas y Adán), uno aparecido en Buenos
Aires (El espejo de agua) y otro publicado en París
(Horizon Carré). Así, no es de extrañar
que en Madrid las imprentas y editoriales compitieran entre
sí por llevar a los tórculos las últimas
creaciones de Huidobro, competición que enseguida
arrojó sus frutos en forma de cuatro nuevos poemarios
(Poemas árticos, Ecuatorial, Tour Eiffel y Hallali).
De
retorno a París, Vicente Huidobro continuó
su febril proceso de creación poética, ahora
enriquecida con una curiosa aproximación al género
narrativo-cinematográfico, la novela-guión
Cagliostro, de 1921. La sucesión de títulos
detallada más abajo (vid. el apartado "Obra")
da buena cuenta de la capacidad y la fecundidad creativa
de este poeta durante la década de los años
veinte. Alrededor de 1930 fue cuando dio los toques finales
a sus dos obras cumbres, dos poemarios que, desde el momento
mismo de su aparición estaban llamados a situarse
en los puestos cimeros de la literatura universal.
Por
aquel entonces, Huidobro estaba en el apogeo de su fama,
y gozaba del éxito obtenido por su novela fílmica
Mío Cid Campeador (1929), en la que el propio poeta,
que alardeaba de ser descendiente de Rodrigo Díaz
de Vivar, identificaba su relación amorosa con Ximena
Amunátegui como una reencarnación moderna
de la pareja formada por El Cid y Doña Jimena.
La
peripecia que había dado lugar a esta unión
no puede ser más rocambolesca: en 1925, coincidiendo
con su regreso a Chile y su fracaso en el intento de tomar
parte activa en la política de su país (llegó
a presentarse como candidato a la Presidencia), el gran
poeta conoció a Ximena, una joven estudiante de quince
años de edad, por la que abandonó a su mujer
(con la que llevaba casado más de quince años)
y a sus hijos. Ximena no sólo era menor de edad,
sino hija de un poderoso prócer chileno, quien se
opuso tajantemente a su unión con el poeta. Huidobro
marchó entonces a París, cerró la casa
de Montmartre donde había residido con su familia,
y se trasladó a Nueva York, donde cosechó
algún éxito como escritor de guiones cinematográficos.
Pero
en 1928, cuando Ximena Amunátegui acababa de alcanzar
la mayoría de edad, el poeta viajó a Chile,
la raptó a la salida del Liceo y se marchó
de nuevo a París, en donde la feliz pareja se instaló
en el barrio de Montparnasse. Fueron aquellos unos años
de plenitud amorosa y creativa para el poeta, quien, después
del mencionado éxito de su versión del Cid,
decidió retomar un largo y ambicioso proyecto en
el que había empezado a trabajar diez años
antes. Se trata de Altazor o el viaje en paracaídas,
la obra cumbre del Creacionismo universal, que junto con
Temblor de cielo (acabado también por aquellas fechas),
constituye el mayor legado de Huidobro a la poesía
de su tiempo y, sin lugar a dudas, una de las fuentes que
con mayor generosidad habría de surtir a los poetas
venideros.
A
finales del siglo XX, después de que las corrientes
estéticas hayan virado por centenares de derrotas
diferentes, el valor poético de Altazor y Temblor
de cielo sigue siendo incalculable. Bien es cierto que una
parte de la crítica, aquella que reacciona anacrónicamente
contra los postulados vanguardistas, sólo ve en Huidobro
una especie de ingenioso prestidigitador que juega con las
palabras como si de objetos malabares se tratasen, sin conseguir
dar a sus composiciones sentido alguno; pero la mayoría
de los estudiosos del fenómeno poético aún
se deslumbra con las imágenes, la vivacidad, la invención
y la heterodoxia inconformista y novedosa de este gran rebelde
de las letras hispanas, quien supo mantener su vigor creacionista
hasta en el epitafio que dejó escrito para su lápida:
"Abrid
esta tumba: al fondo se ve el mar".
Frente
al mar, en Cartagena (Chile), murió Vicente Huidobro
en 1948, y frente al mar (o tal vez sobre él, como
reza su epitafio) reposan sus restos en el camposanto de
la bella localidad chilena.
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